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CUENTOS

NUNCA SERVÍ PARA TRISTES DESPEDIDAS

UN VIAJE A TRAVÉS DE LAS TRISTEZAS 1.- EL FINAL Recién comienza el día. Llego a la casa me detengo en frente el aroma de los jazmines envuelve el silencio. La puerta está abierta. Entro. Allí todavía es de noche, las luces del amanecer aún no descubren la verdad. Camino algunos pasos hasta el sillón […]

NUNCA SERVÍ PARA TRISTES DESPEDIDAS

UN VIAJE A TRAVÉS DE LAS TRISTEZAS

1.- EL FINAL

Recién comienza el día.

Llego a la casa

me detengo en frente

el aroma de los jazmines envuelve el silencio.

La puerta está abierta.

Entro.

Allí todavía es de noche,

las luces del amanecer aún no descubren la verdad.

Camino algunos pasos hasta el sillón

me acuesto

me estiro como desperezándome

como preparando el cuerpo para un sueño largo.

Miro hacia el costado, a la par de mi sillón, el ataúd,

marrón tan brillante

que mi rostro se refleja y desfigura

en las betas de la madera.

Una cruz opaca que cuelga desde la pared desentona entre tanto brillo,

atrás dos velas que alguna vez ardieron son sólo cirios del olvido.

Pasan los minutos, tal vez las horas y seguimos allí

Él en su cajón y yo recostado en el sofá,

ninguno se mueve.

No nos miramos.

No hablamos.

No escucho miles de palabras que él nunca dijo

y yo no hablo.

Él no respira quién sabe desde cuándo

y yo sueño con un sueño largo.

Comienzan a llegar los deudos,

estatuas de hielo que chocan entre sí

caminan alrededor nuestro

y se detienen firmes como lo que son, estatuas.

A lo lejos se oye un llanto

no es visceral, no es un alarido, es solo un grito

que recorre el lugar en busca de lágrimas.

No encuentra ojos para alojarse,

solo hay retazos de recuerdos amorfos

y pésames de extraños.

Llega el furgón para su último viaje

lentas, las estatuas cierran la tapa del cajón

lo toman dos de cada lado y lo alzan,

caminan unos pasos y

antes de dirigirse hacia la salida se detienen

me miran

buscan mi aprobación, como si fuera yo el responsable de los finales.

Otra vez no digo nada.

Salen por la puerta por dónde él pasará por última vez.

Sigo acostado,

con mi sueño y mi silencio.

2.- EL FURGÓN DE LOS FIAMBRES

El furgón de los fiambres se aleja

de la casa del difunto,

con su carga de tristeza envuelta en madera

que brilla,

dejando atrás a los deudos de hielo

a los extraños de sal

al silencio envuelto en aroma de jazmines

y a mí,

que en el sillón,

sueño que un auto me abandona a la vera de la ruta

es de noche y no hay luces

tampoco gente

sólo el ruido de los insectos dueños del lugar

y las plantaciones que se intuyen a los costados

por el aroma a vegetación viva.

Camino por el centro de la calzada,

mirando hacia adelante y atrás en busca de algo

de alguna señal,

no tengo miedo ni angustia ni apuro

avanzo lento,

la certeza de no saber donde estoy me reconforta

me desobliga de pensar

me libera de tantas presiones

de tantas explicaciones

de ojos que me miran inquisidores,

prisionero de la libertad.

Un ruido extraño me detiene

y silencia los insectos que parecen quedar inmóviles en el aire,

como dibujados en la pared.

Todo se aquieta.

Hasta el viento gélido que soplaba ya no lo hace.

El ruido vuelve a repetirse,

esta vez más fuerte

viene del costado de la ruta.

Una pequeña llama, como de un fósforo, se enciende.

Miro hacia allí, un hombre

sentado en la banquina,

le nace desde su mano la llama

en la otra sostiene un revólver.

Agudizo la vista, el hombre no tiene edad

pareciera haber pasado por todas

y ser aún joven

y viejo

y también niño

su mirada es penetrante y a la vez cándida

no alcanzo a reconocer las ropas que lleva puesta

solo que toda  su vestimenta es negra.

Otra vez no tengo miedo

me siento cerca del final de algo

o del principio de todo.

Sin levantarse estira el brazo

apuntándome con el arma,

justo a mi entrecejo apunta.

Su presencia me domina

el dedo índice en el gatillo tiembla

no puedo moverme,

no quiero moverme,

hay algo de la situación que me consuela,

la llama de su otra mano crece

hasta iluminar el paisaje

alcanzo a ver sobre sus hombros que el campo está florecido,

miles de girasoles nos acompañan.

Vuelvo a mirarlo

nos miramos

gira el revólver

 y tomándolo desde el cañón me lo alcanza.

Ahora sus ojos piden clemencia

apunto a su entrecejo,

la llama de su otra mano se apaga.

El ruido del disparo me despierta.

Abro los ojos y sólo quedan las velas

que como testigos involuntarias

delatan lo sucedido

y la soledad.

Todos se han ido tras el furgón

quizás pensando en alcanzarlo

para depositar en él las lágrimas sin destino.

3.- EL VIAJE

En fila india avanzamos

detrás del furgón que lleva el paso

lento

como si una eternidad lo aguardara

como evitando acelerar

para no entorpecer el destino.

Miramos a los costados

para no ver las flores que

coronan el rótulo con su nombre.

Somos cuatro

cada uno posa los ojos en la ventanilla de su lado

las miradas, como las palabras no dichas, no se cruzan,

el vidrio que nos separa del exterior

absorbe las imágenes que los recuerdos reflejan.

Cada ventana es un depósito

para nuestros sufrimientos

por donde el vapor de las lágrimas se escurre

hasta no dejarnos ver más allá.

No hablamos

el silencio es más cómodo

que las frases que no se dicen.

Como si hubiera pasado un siglo

como si el tiempo no existiera

como si las imágenes de recuerdos remotos

dibujadas en los vidrios de nuestros pensamientos

se hicieran añicos

al estrellarse contra la pared,

llegamos al final del recorrido

donde el viaje termina

donde empieza el fin.

4.- EL CAMPOSANTO

Llegamos.

El furgón de los fiambres se detiene a la entrada

como si el sol que arremete desde el este

le impidiera el paso.

La caravana del silencio

descansa su marcha,

los floristas hacen su trabajo

y hasta los chicos cuidacoches

participan de la tristeza.

Es una obra sin director

donde todos hacen su papel

sin escenario

sin vestuario

y sin ensayo general.

Lloran al muerto

que no conocen

lamentan la pérdida del desconocido

y estiran la mano

para  lograr la moneda

al pie de la tumba.

El furgón arranca nuevamente

a paso de hombre,

a paso de hombre muerto

lo seguimos caminando

por calles sin tránsito.

El verde del paisaje

contrasta con los velos negros que cubren los rostros

el cantar de los pájaros se desubica en la tristeza de las miradas.

Me alejo del acompañamiento

pisando mármoles ajenos

con nombres que no recuerdo

que nada me dicen.

El furgón llega a su última estación

todos se detienen en el tiempo

alrededor del foso.

Desde lejos los veo

solo distingo figuras

siluetas inertes rodeando al inerte que las convoca.

Pasan segundos, tal vez minutos.

En esta obra

aunque nadie lo diga

todos siguen un guión

ahora Él desciende

ahora la tierra cae encima

algunas flores levitan por un instante

hasta posarse desparejas

en la tapa de madera lustrosa

alguien dice unas palabras

y tal vez alguien aplaude.

Es el final.

Todos dan media vuelta

y caminan

dando la espalda al sol

que pega en la nuca

obligando a no darse vuelta

a no mirar al pasado

a no pensar en el que quedó atrás.

Yo los sigo con la vista

hasta que desaparecen

terminando su papel en este film.

Mi cuerpo queda solo

de pie

en el medio de un jardín inmenso

rodeado de muertos con olor a verano

donde empieza el último acto

donde empieza mi monólogo sin voz.-