← Blog
CUENTOSSin categoría

HIGOR

El artista plástico Cristobal Farmache un día me enseñó este tremendo dibujo y me contó que el personaje se llamaba Higor y que era hijo de una bruja, así nació esta historia….. I San José de Tull es el nombre del pueblo de no más de cuarenta habitantes. Allí dicen que Higor nunca nació. Que […]

HIGOR

El artista plástico Cristobal Farmache un día me enseñó este tremendo dibujo y me contó que el personaje se llamaba Higor y que era hijo de una bruja, así nació esta historia…..

I

San José de Tull es el nombre del pueblo de no más de cuarenta habitantes. Allí dicen que Higor nunca nació. Que no fue concebido por hombre alguno. Que es un hechizo más de su madre.  Se dice que la Bruja lo hizo aparecer, una noche helada del desierto donde el viento quemaba por el frío de sus ráfagas las pieles curtidas de los habitantes. En el momento mismo en que Higor nació-apareció el viento se detuvo y los perros comenzaron a aullar. Los vecinos asustados cerraron puertas y ventanas escondiéndose en sus casas.

Durante años, madre e hijo vivieron en las afueras de la población, casi sin mezclarse con el resto, pasaban sus días juntos, alejados del pequeño poblado. Nadie los veía ni sabían qué hacían durante el día. Lo cual llevó a los vecinos del pueblo a conjeturar una y mil versiones sobre ellos y a elucubrar las más variadas historias sobre la bruja y sus brujerías. Decían en el pueblo que por las noches, una vez que el pequeño Higor se dormía, la madre salía de la casa y caminaba descalza por las dunas del desierto, apenas vestida con una túnica negra,  hasta llegar a uno de los montes más elevados en el cual, en la cima del mismo, realizaba sacrificios de animales.

Las versiones sobre los supuestos embrujos corrieron  deprisa. Se la fue culpando de distintas fatalidades que sucedían en el lugar. Desde algunas enfermedades hasta la sequía de los pocos frutos que se daban en ese páramo. Todas las malas noticias y desgracias de alguna u otra manera eran vinculadas a algún hechizo de la bruja. Un día, amaneció una niña muerta en su cuna,  con una marca en la frente, una especie de triángulo con la base hacia arriba. Dijeron que era una marca que invocaba a algún demonio y que había sido puesta allí por la bruja a través de un conjuro. Enardecidos  los paletos se encaminaron a la casa de Higor. Marcharon encolumnados detrás del padre de la niña muerta para buscar a la asesina. Todo el pueblo caminaba detrás del padre de la pequeña, munidos de palos, zapas y armas de las más variadas. Era un amanecer distinto a todos. El pueblo quedó vacío. La única persona que no fue en busca de la bruja era la madre de la niña muerta que, con ella en brazos, rompió con  gritos desgarradores el silencio del lugar.

En su casa, la Bruja escucha que la muchedumbre se aproxima. Ve las llamas de las antorchas que blanden y oye los gritos belicosos. La Bruja se desespera, Higor aún duerme en su cama. Va hacia allí y suavemente lo despierta y lo lleva hacia afuera de la casa. Lo deja escondido detrás de unos arbustos y lo despide con un beso en la frente diciéndole que pase lo que pase se quede allí sin  hacer ruido. La Bruja vuelve a la casa en el mismo momento que los hombres y mujeres del pueblo llegan allí y sin mediar ninguna explicación toman a la Bruja de pies y manos y la cargan como si fuera un animal. Vuelven al pueblo cargándola, pero antes, arrojan las antorchas al interior de la vivienda de Higor  que comienza a arder mientras éste mira como su madre es apresada y su casa se prende fuego.

Ya en el pueblo, todos se congregan en la Plaza. Hasta allí han llevado a la Bruja. La han atado al único árbol del lugar, una añosa higuera que hace las veces de cadalso natural. La gente se va retirando de a poco hasta dejarla sola. Así quedará hasta la hora de su final, así quedará hasta que sea la hora señalada en que el fuego la consuma.

II

Las ramas secas amontonadas

forman una espiral inerte

como una enredadera en el desierto

que trepa y entrelaza las piernas desnudas.

Suben hasta casi cubrirle la cara

llegan a los ojos,

rojos de angustia e ira,

y amordazan la boca.

No la dejan gritar su dolor

no puede llorar su espanto

la han atado al tronco de la higuera

de la que, como una raíz, no puede escapar.

Está en el medio de la plaza del pueblo

a su alrededor no hay nada

solo tierra infértil y piedras

al fondo las montañas enmarcan la imagen del fin.

III

Al atardecer, momento fijado para la ejecución

los curiosos llegan a la plaza,

temerosos se detienen a cierta distancia

ella los mira y se retuerce queriendo zafarse.

No se acercan

temen que la bruja los maldiga antes de su muerte

que caiga sobre ellos una maldición

de la que no pueda volverse atrás.

Que antes de su muerte

en las llamas de la hoguera

los maldiga por ser cómplices

de esa condena sin juicio

de ese veredicto despótico

donde no hubo defensa ni alegatos

solo la orden tiránica de quemar a la bruja.

IV

El público susurra

en voz baja comenta

los hechizos y artes oscuras por los que se la acusa

a la arpía que prontamente arderá

El tiempo transcurre lento

las miradas se acostumbran

a ver a la bruja atada

a punto de morir

Abriéndose paso entre la muchedumbre

Higor, el hijo de la sentenciada

avanza hasta llegar a la primera fila

No quiere escuchar lo que la gente dice

con las manos tapa sus oídos

y mira a su madre que,

atada, tiembla

Sus miradas  se cruzan

se encuentran allí

en el momento justo que el verdugo enciende la antorcha

y  lentamente la acerca al espiral de ramas secas.

No hay discursos ni últimas palabras

no hay ritos ni pedidos de clemencia

solo hay una llama que sube y quema

y la mirada de Higor que jura venganza.

V

Como si fuera una última brujería, oscureció repentinamente y esa noche no tuvo estrellas, ni luna. El pueblo se envolvió en la más profunda oscuridad. Sólo algunas brasas a los pies de la higuera ardieron dando pequeños destellos de luces en las largas horas que duró la tiniebla. Higor aprovechó la confusión que esto generó en el pueblo para huir. Sin destino vagó por el desierto hasta encontrar una cueva para cobijarse. Allí pasó los días en soledad, encerrado. Saliendo de vez en cuando para cazar algún animal para comer. Y volver a encerrarse.  No tiene con quien hablar y no quiere hablar con nadie. Un día, sentado en la cueva, un rayo de luz penetró las paredes e iluminó incandescentemente el lúgubre lugar. De a poco fue disminuyendo el resplandor hasta fijarse en la frente del joven como si tuviera una marca en la piel, una especie de triángulo con la base hacia arriba. Durante unos segundos  una descarga eléctrica le recorrió el cuerpo mientras en su cabeza sonaba la voz de su madre que repetía algunas palabras sueltas, fuego, unión.  A partir de ese día, Higor casi no durmió, no tenía sueño y a medida que pasaba el tiempo sentía que no necesitaba alimentarse. Estaba días enteros sin comer ni beber y en lugar de decaer, su estado de ánimo mejoró y se sentía fortalecido. No salió de la cueva por varios días.  Experimentaba una sensación de gran poder físico, se sentía poderoso y notaba que los músculos de brazos y piernas se le tonificaban. Al fin, un día, sin saber cuánto tiempo había pasado desde que llegó allí, decidió salir. La luz del sol del desierto lo encegueció por un momento hasta que pudo abrir por completo los ojos. Comenzó a caminar a paso firme y veloz. Las trancadas eran cada vez más largas como si casi no asentara los pies en la arena. Se dirige camino al pueblo. Ese es su destino. Allí buscará la venganza y  se unirá a su madre.

VI

Llega a San José de Tull. Nada ha cambiado desde la última vez que estuvo allí. Las imágenes de este último tiempo se le superponen y confunden como si fueran parte de la tierra que flota en el aire y que lo envuelve. Camina el kilómetro que lo separa desde el pórtico de entrada del pueblo hasta las primeras casas. Ahora los pasos son más lentos, más cautos. Aprieta los puños y camina mirando al frente. Comienza a acercarse a las casas de adobe y paja, el rayo de luz que lo invadió en la cueva vuelve a aparecer y se posa nuevamente en la frente, otra vez la marca del triángulo invertido se fija como un tatuaje. Y otra vez la vibración le recorre el cuerpo insuflándole un poder desconocido y brutal. Las palabras de su madre resuenan y rebotan: fuego, unión.

Sigue caminando, el sol del medio día dispara sus rayos en línea recta.  Llega a la plaza. Las primeras tres personas que lo ven lo miran pero no se le acercan. Dan vuelta la cara y apuran el paso en dirección contraria al grito de “¡el hijo de la Bruja ha regresado!”. Higor los persigue. Los alcanza y se para delante de ellos. Fijan su vista en la marca que Higor lleva en la frente. Higor los mira como si los reconociera. Son tres hombres de edad mediada. Tal vez ve en ellos alguna imagen de su pasado. Pero no se detiene a pensar. La voz de su madre ordena: fuego, unión. Se abalanza y con la fuerza de un animal salvaje mata con golpes de sus manos a los tres que no atinan siquiera a defenderse. Los gritos de desesperación de los sujetos han alertado al resto del pueblo que sale de sus casas para ver qué sucede. Al ver a los tres muertos en el piso y a Higor que se yergue bañado en sangre con los ojos rojos y la marca en la frente que cada vez se hace más notoria, dudan unos segundos pero el valor de ser mayoría los decide a atacar y van sobre Higor. Éste no se amedrenta, a pocos metros, en la plaza, se encuentra el mástil de la bandera, se dirige hacia allí y lo arranca de cuajo. Es un palo de más de dos metros, lo toma con ambas manos y lo levanta como haría un guerrero con su lanza mientras grita palabras incomprensibles. En una punta, la raída bandera sigue ondeando. Los otros miran atemorizados. Higor los enfrenta y va contra ellos. Con movimientos furiosos y precisos los golpea sin darles la posibilidad alguna de contraataque. Acaba con ellos rápidamente. Enarbolando el mástil avanza por el pueblo matando a todos los que se le cruzan, hombres, mujeres y niños. De a poco se apagan los gritos de dolor para pasar al silencio de la sangre. Nadie ha sobrevivido a la furia de Higor. Todos en el pueblo han muerto. Parado en el medio de la plaza mira a su alrededor. Por fin fija la vista en un horno de barro que tiene fuego en su interior. Llega hasta allí, introduce el mástil hasta que empieza a arder. A modo de antorcha lo usa para encender el fuego en cada una de las viviendas que rodean la plaza. Los techos de paja hacen que la tarea sea fácil. Rápidamente todo comienza a prenderse fuego. Higor está agotado. Siente el calor de las llamas que lo acechan, que lo envuelven. Se apoya en la higuera en el centro de la plaza, allí donde su madre fue asesinada, allí donde vuelve a unirse a ella.