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CUENTOS

EL FIAMBRERO

10 de enero 2015. Barrio Santa Evita, Godoy Cruz, Mendoza. 36° grados centígrados. Tormentas eléctricas aisladas. Reina la calma. La calma propia de esas siestas eternas de cemento y hormigón. Siestas grises ajenas al verde de los jardines y al celeste de las piletas de natación. Siestas de un calor que aturde, que des

EL FIAMBRERO

10 de enero 2015. Barrio Santa Evita, Godoy Cruz, Mendoza. 36° grados centígrados. Tormentas eléctricas aisladas.

Reina la calma. La calma propia de esas siestas eternas de cemento y hormigón. Siestas grises ajenas al verde de los jardines y al celeste de las piletas de natación. Siestas de un calor que aturde, que desmaya. Siestas que silencian. Siestas en casas con pisos de concreto alisado y techos bajos donde pareciera que el sol llega con más fuerza y penetra con sus rayos hasta incinerar los cuerpos que abajo, como hipnotizados, esperan el milagro del descenso de temperatura.

En la casa de una de las tantas esquinas del barrio (ahí donde dobla el viento y se cruzan los atajos), alrededor de una mesa de plástico, sentados, El Fiambrero,  su esposa, su hijo y su abuela que ceba mate en silencio, con la misma parsimonia y paz con las que los coyas han soportado cientos de años de sojuzgamiento. Ella vive bien al Norte, cerca de la frontera con Bolivia, en Zampaya, donde dice que allí sí hace calor. Y no dice más. Sigue cebando. Es muy baja de estatura y la piel oscura son solo pliegues y arrugas. Está en Mendoza porque vino a operarse en el Hospital Central. Gratis. Pero quiere volver a su casa. La tez de su nieto es mestiza culpa de una mezcla, seguramente no querida, entre  su madre coya y algún patrón de estancia. Heredó las facciones norteñas pero el espíritu del hombre blanco. Tiene poca paciencia. El Fiambrero se resiente y odia. El Fiambrero no vive en paz. El fiambrero odia.

En el medio de la habitación, como una Reina, la tevé encendida permanentemente, con lo que sea, con lo que el Rey DirectTV guste poner.

Ninguno habla, pero tampoco ninguno mira la tv. Toman mate y comen tortitas caseras. El olor del horneado y el calor del horno todavía inundan la habitación. El hijo del Fiambrero, juega entre sus pies con un pequeño perro, que al igual que su padre, es mestizo, cruza de miles de perros mestizos. Pero su padre no es pequeño, es grande como un fisicoculturista de película clase B.

Sobre la mesa, una radio Nextel y un teléfono celular viejo. El Nextel suena con un triple pri. Todos dirigen su mirada al artefacto. Silencio. Nuevamente un triple pri. Ahora el hijo del Fiambrero baja la vista y mira al perro. La abuela se levanta lentamente y camina más lentamente aún, cargando la pava, hacia la cocina aparentando que tiene que calentar agua para el mate. La esposa mira fijo al Fiambrero. Éste estira la mano derecha y toma la radio mientras en un mismo movimiento se levanta y enciende un cigarrillo y sale a la vereda. Un rayo de sol se le clava entre los ojos.

La esposa sabe que cuando el Nextel suena nada bueno puede pasar. Seguramente su esposo entrará a la casa, nervioso, irá a la habitación donde guarda su arma, y saldrá nuevamente, sin siquiera saludar.

Desde adentro se oye un pri y luego que el Fiambrero dice algunas pocas palabras inentendibles. En esos momentos habla con la boca casi cerrada. Luego silencio.

Entra a la casa y se dirige a la habitación. A los pocos segundos regresa con la Glock 40 en una mano y un cargador en la otra. Va hacia la puerta de salida. La esposa se interpone. Es pequeña, apenas le llega al pecho. Mira hacia arriba buscando los ojos de su marido, toma coraje y dice:

– A dónde vas?

  • Pasame los cigarrillos – dice El Fiambrero

La esposa se queda tiesa, sabe que está haciendo lo que no debe hacer. Baja la vista. Mira detrás de la espalda voluminosa de su marido. La Abuela continúa calentando el agua y el hijo llora para adentro. El perro se hace el distraído. En la tv Robert De Niro golpea varias  veces con el tubo del teléfono público de la casilla en la que está metido mientras grita FUCK FUCK FUCK. Uno de los buenos muchachos cayó en una trampa y no salió para contarlo. La historia sigue.

  • Dame los cigarrillos – repite el Fiambrero sin inmutarse.
  • Siempre te vas y un día no vas a volver – dice ella.
  • Dame los cigarrillos – dice él.
  • No vas a volver – repite ella casi en un murmullo.

Por la ventana que da a la calle una camioneta importada se detiene. El vidrio negro del acompañante desciende apenas unos centímetro, los suficientes como para ver un rostro con lentes de sol que mira a la casa. No apaga el motor. Adentro todos inmóviles. La esposa rompe la quietud y le alcanza los cigarrillos a su esposo que sale a la calle. Sube al asiento trasero del vehículo, cierra la puerta y enciende un cigarrillo. La camioneta avanza. No mira para atrás. No mira como su esposa y su hijo han salido a la  vereda y lo miran marcharse.

La camioneta recorre varias calles hasta salir del barrio. Las dos personas de adelante hablan entre ellas. Casi no se dirigen al Fiambrero. Éste no habla. Cruzan la ruta y llegan al centro de la ciudad. Detienen la marcha pero no el motor. Están frente a un edificio alto.

  • Es en el primero quinto – dice el que maneja.
  • Dame un cigarrillo – dice el Fiambrero.

Los dos de adelante se miran unos segundos y al final el del asiento del acompañante saca del bolsillo un paquete y se lo da al Fiambrero junto con dos llaves.

El Fiambrero baja de la camioneta y se acerca a la puerta de vidrio del hall de entrada. Con una de las llaves abre y entra. Camina unos pasos y encuentra la escalera. Sube un piso. Un cartel le indica que los departamentos del 1 al 6 se ubican hacia su derecha. Gira hacia allí. Llega a la puerta 5 caminando firme pero evitando hacer cualquier tipo de ruido. Se detiene frente al departamento. Casi sin respirar aguarda un minuto. Lentamente introduce la llave en la cerradura gira una vez y espera. Nada. Saca la pistola del bolsillo del pantalón. Gira otra vez y abre la puerta. El frío del aire acondicionado lo envuelve. En un sillón, sentado frente a la tv un hombre lo mira. No parece sorprendido. El Fiambrero apunta y dispara seis veces justo en el blanco. Da media vuelta, sale y cierra la puerta con doble llave.

Llega a la camioneta aún en marcha, sube al asiento trasero y arrancan. El que va en el asiento del acompañante gira su torso y le alcanza un manojo de billetes. El Fiambrero no lo cuenta y lo guarda en el bolsillo junto a la Glock.

Lo dejan en la puerta de su casa y salen veloz.

Entra. La esposa, el hijo y la abuela alrededor de la mesa. Toman mate y no miran la tv encendida: seguro Ray Liotta ya traicionó a todos. El perro a los pies del niño. Se dirige a su habitación y guarda el arma. Vuelve a donde están todos Se sienta en su silla. Deja el dinero sobre la mesa y dice:

  • Dame un cigarrillo.