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CIEN AÑOS JUNTO AL TOMBA, RECUERDOS QUE MIENTEN UN POCO

No tengo buena memoria. O tengo pocos recuerdos. No sé si es lo mismo o son cosas diferentes. También sé que no quiero ser uno más de los que escriban sobre el centenario del Tomba. Seguramente miles lo harán. Desde lo más profundo de sus corazones azules y blancos, miles lo harán. Yo solo digo […]

CIEN AÑOS JUNTO AL TOMBA, RECUERDOS QUE MIENTEN UN POCO

No tengo buena memoria. O tengo pocos recuerdos. No sé si es lo mismo o son cosas diferentes. También sé que no quiero ser uno más de los que escriban sobre el centenario del Tomba. Seguramente miles lo harán. Desde lo más profundo de sus corazones azules y blancos, miles lo harán. Yo solo digo que tengo pocos recuerdos. Y que estoy desvelado, la noche avanza contra reloj y yo no duermo. Pienso que tengo 48 años y que mi relación con el Expreso viene desde que tenía 8 o 9. O sea, un montón. ¿Pero un montón de qué?. Me pregunto. Entonces el desvelo actúa nuevamente como una máquina de imágenes que no tiene secuencia cronológica ni argumento ni guion. Son sólo imágenes que no me dejan dormir. Tengo 8 o 9 años y vivo en una casa que queda exactamente a la misma distancia del Club Andes Talleres y del Club Godoy Cruz Antonio Tomba. Hacia el Norte Talleres, hacia el Sur el Tomba. Somos muchos los vecinos de esa edad que estamos todo el día juntos. Jugamos a la pelota en la calle, en la canchita de la Marconi, atrás de Verdini (cuando estaba en calle Belgrano), en todos lados. Andamos por los techos, de una casa a la otra y vamos a los dos clubes a seguir jugando. Pero el Tomba no tenía pileta. Entonces íbamos a Talleres que no sólo tenía pileta sino también un trampolín tan alto que jamás pude subirme ni a la escalera. Nuestros padres nos mandaban con los sanguchitos en el bolso y pasábamos todo el día ahí. Los clubes de barrio son lo más grande que les ha pasado a los barrios. Y en un barrio tener dos clubes tan cerca era casi estar en el paraíso. Y un día, no sé si año 81, 82 tal vez, el Tomba vendió al Bocha Ponce y con la plata que le pagaron hizo la pileta más copada del mundo (creo que la plata vino de ahí, o tal vez es un mito o tal vez me lo inventé). La pileta tiene una forma rara, incómoda, es profunda desproporcionadamente, gigante, hermosa y sucia por momentos. No fui más a Talleres. Caminé millones de veces las cuadras que separaban mi casa del Tomba. Desde lejos los días de partido se escuchaban los redoblantes de la hinchada y yo corría para llegar más rápido a la cancha. Al ritmo de los redoblantes el pulso subía. Me veo en el medio de la popular, rodeado de mis amigos de la cuadra, de la Juan de Garay, el Alfredo, el Fede, el Jorge, los Varela. Seguramente otros más que no recuerdo. Adentro de la cancha el Tito Febre, el gallego García, Antonio Ciriaco Zapata. El Mario Yañez que me regaló la camiseta con el 4 en la espalda y Moretti en el frente que todavía tengo. Mi madre escuchando el partido por la radio para enterarse del resultado (nunca le importó el fútbol, lo hacía por mí). Volvía a mi casa afónico de tanto gritar. Pasaba días enteros en el club. Jugando al fútbol, al tenis, en la pileta, viendo entrenamientos. Los momentos más gigantes eran cuando después de entrenar los jugadores se metían a la pileta y tal vez hasta compartían con nosotros (niños) un picadito. Era socio del club. Me hacía la revisación médica para entrar a la pileta. El tenis en el club también empezó como una cosa rara. Un club de fútbol que sumaba otros deportes. Cómo no mencionar a Doña Hilda presidenta durante años de la Comisión de Tenis. Ella fue el motor para que el deporte creciera en el Club. Y cómo olvidar la cancha número 2 de tenis que no tenía las medidas reglamentarias porque topaba con una de las columnas de la iluminación del Gambarte. Iba a la cancha. Siempre. No tengo buena memoria, o tengo pocos recuerdos. Me acuerdo de un partido, no se cual, pero lo pasaban por la TV y no sé qué promesa habré hecho que lo vi arrodillado en el piso. Veo esa imagen hoy y no me arrepiento, seguramente la promesa valió el dolor de rodillas y la imagen patética. Es rara la relación que tenemos con nuestros clubes. El fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes. Alguien lo dijo. Pero acá, esto, es más que fútbol solamente. Esto es un club, de barrio, de mi barrio, es historia, la mía y la de miles. Y eso que yo tengo mala memoria. El primer recuerdo que me aparece del Loco Julio es en el Gambarte en el medio de un partido, harán 35 años tal vez, lo vi haciendo caca debajo de la tribuna, no en el baño, debajo de la tribuna. Inefable Julio Roque. Único. Tuvo una particularidad el Loco, a comparación de todos nosotros, él nunca envejeció, desde que me acuerdo él siempre fue igual y nosotros cada vez más viejos. Nosotros envejecíamos y él siempre estaba igual. La primera vez que llevé a mis hijos a la cancha (casi bebés) los abrazó y besó el Loco, fue como un bautismo sin dios.  Una vez, me acuerdo, en un partido del Regional o del Interior, uno de esos campeonatos eternos, de miles de fechas y largos viajes, estábamos en la popu y a mi amigo que estaba parado al lado mío le impactó una piedra de las centenares que volaban de la tribuna visitante. Le dio justo en la ceja. Sangró. Lo llevé al camarín y el médico del club lo suturó ahí mismo. Fue rara la sensación, porque no estábamos asustados ni preocupados, más bien estábamos contentos de estar en el vestuario en el medio del partido. Con los puntos en la ceja volvimos a la popular. Ni me acuerdo del resultado. No importaba. Cuando jugábamos en la Liga Mendocina que volaran piedras era recurrente, de una tribuna a la otra, ida y vuelta. Cuando a nadie se le ocurría traspasar el Arco Desaguadero, ahí sí que volaban piedras entre las hinchadas. Millones de piedras iban de acá para allá. Como cuando jugamos una de las libertadores y fuimos a Uruguay. Jugamos en el Estadio Centenario (esto lo remarco porque no es poca cosa, no?) y también nos llovieron piedras. Ahí sí creo que tuve miedo pero también la sensación de alegría, no es poco que te caguen a piedrazos en Uruguay los hinchas de uno de los clubes más reconocidos del continente. El otro día le contaba (por enésima vez) a mis hijos cuando en los partidos quedaban pocos minutos y había que tener la pelota. El Eterno Goleador Juan Alejandro Abaurre se la llevaba al córner y la ponía debajo de la suela. No se la podían sacar. Le pegaban, le hacían falta, sacaba la falta y otra vez debajo de la suela hasta que terminaba el partido. Los hijos, la cancha, los colores y mi mujer que sabe (y aguanta con toda la onda) estos desvelos. Una vez el Cali Torresi estaba por patear un córner y el Trepa abandonó su lugar en la popular y corriendo llegó hasta el alambrado y le dijo “Cali, hacelo olímpico”. Torresi se dio vuelta y lo miró y le dijo “no me salen siempre Trepa”. Y ahí pensé, hasta dónde y hasta qué cosas podemos dentro de nuestra pasión/locura pedirles/exigirles a quiénes están dentro de la cancha. El Trepa también quedó pensando, tal vez pensaba en “sólo te pedía que hicieras un gol olímpico, nada más que eso”. Cuando pasaba el tren por detrás de la cancha la hinchada paraba de cantar lo que estuviera cantando y gritaba “arriba el expreso” y el maquinista tocaba la bocina o cómo se llame lo que hacen sonar los maquinistas. Y Don Barta? Era un viejito que se sentaba siempre en el mismo lugar (creo que todos estamos destinados a ocupar un lugar en la cancha y lo cumplimos a raja tabla) abajo del cartel de publicidad de Barta. El viejito se mataba la garaganta cada partido y gritaba tooooooooooooobaaaaa, era lo único que hacía Don Barta. Las chicas de Tiffanis repartían folletos en la tribuna. Y el Lito utilero histórico desde la boca del túnel nos avisaba cuando el equipo estaba por entrar para que agitáramos. Y llegar a los partidos un rato antes para ver la cuarta, a alentar a los pibes. Carnaval carnaval es el Expreso que se va pal Nacional. cantábamos. Y un día, Cómo me gustaría estar en primera para ganarle a Boca en la Bombonera, para ganarle a River en el Gallinero, para gritarles a todos soy Bodeguero. Qué locura. Llegamos a todos lados. Estuvimos a punto de ser campeones de primera. Nueve fechas punteros y ya nada importa. Que sea lo que sea, seguro el Tomba saldrá campeón y habrá nuevos viajes libertadores. O como dice el gran Suraci, el Tomba ya Salió campeón. No salimos campeones al final, pero, yo me sentí campeón. El programa de TV Subite al Expreso en las noches mendocinas por canal de cable. Conocí a esa cría de tombinos de pura sangre que dejaron todo por los colores, dentro y fuera de la cancha: De Luca, Manchado, Villalobos, Rafa, Gato Oldrá, Hachita, Hermes Rubén, Gato Lentz, Ruso Marcucci, Abaurre, Pereyras. Y tuve la suerte de poder jugar al fútbol con muchos de esos ya retirados del profesionalismo. Nosotros desde afuera de la cancha éramos (y somos) una jauría de perros salvajes que encuentran su redención entre esas paredes de cemento rodeando el verde, los animales (ellos adentro y nosotros afuera) ofrecen (y ofrecemos) su (nuestra) sangre por los colores.  Nada es tan importante y nada importa menos. En esos 90 minutos la única regla es dejar de lado la vida para vivir en otro universo. Luego habrá tiempo de pensar en otras cosas. Cómo recordamos al Tanque Giménez!!! Y el viaje y partido en Mataderos!!! Y el gol del Cachorro en San Juan!!!. Ni hablar del gol del Fideo botines colorados. Hace poco creamos la división Veteranos de Futbol de Salón en el Tomba, donde jugué un par de campeonatos.  Creo que fue en el Mundial de Francia 98, allá, hicieron una camiseta gigante, el Marcelo Espina me dijo que hiciéramos una del Tomba, compramos la tela y se la llevamos a una modista en calle Maipú de Godoy Cruz, no tengo idea cómo hizo, pero confeccionó “la camiseta del Tomba” que ocupó parte de la popular durante muchos partidos, después le perdí el rastro y un día apareció en el cielo llevada por globos. Mis recuerdos son anárquicos e irrespetuosos del tiempo y la lógica narrativa. Son pocos los recuerdos, no llego ni un poco a ilustrar algo de los 100 años del Tomba. De adolescente por allá en el 90 jugaba al fútbol de salón en el Tomba. Y se inauguraba esa rara cantina que queda en el codo del Gambarte, con los compañeros del equipo hicimos fiestas ahí. Muchas fiestas. Sonaba fuerte el rock nacional. Los 90´ no eran fáciles.  Ir a la cancha se terminó de convertir en una religión y las tribunas del Gambarte se llenaron de rock: Martes 13, Karamelo Santo, Impuribus, SalvaGes Unitarios. Tardes de fútbol para luego terminar en la Bóveda o donde nos llevara la vida. El Buby hizo lo imposible en Misiones, sacó todas. La alegría fue totalmente tombina y el ascenso del 94 una realidad que empezó a cambiar la historia. Sin darse cuenta, porque ni ellos y mucho menos nosotros lo sabíamos, los héroes del barro nos dijeron “ahora vamos por todo”. Y acá estamos, yo desvelado con algunos pocos recuerdos sensatos, el Tomba ya en sus 100 años y millones de trasnochados insomnes que al unísono reviven recuerdos armando un rompecabezas azul y blanco. El rompecabezas más grande del Oeste Argentino.